50 años con nuestros mayores
LAS HERMANAS MERCEDARIAS DE LA CARIDAD EN CAZORLA.
UNA MIRADA RETROSPECTIVA A SU LABOR BENÉFICA Y CALLADA

Así he querido titular esta charla, cuando conmemoramos el cincuentenario de la Fundación “Marín García”, y es que, si queremos ser justos, hemos de extender este homenaje de hoy, con mirada agradecida, hasta aquellas primeras hermanas, que, acompañadas por el Beato Padre Juan Nepomuceno Zegrí Moreno, fundador de la Congregación, vinieron hasta nosotros, en 1888, ofreciéndonos caridad, amor desinteresado.

Para valorar certeramente lo que significó para Cazorla la venida de las Mercedarias de la Caridad, hemos de considerar determinadas circunstancias históricas. El siglo XIX fue un siglo de calamidades: malas cosechas a causa de las prolongadas sequías, epidemias que diezmaban la población y guerras intestinas, que, desde la invasión francesa y Guerra de la Independencia, se prolongaron hasta los umbrales mismos del siglo XX. Y, junto a esto, los conatos de independencia de las colonias españolas en América, a los que tenía que hacer frente la nación. Este estado de cosas, provocó una situación de decadencia y empobrecimiento tales, que los gobiernos no acertaban a atajar. El número de familias indigentes en España crecía de día en día, y las leyes desamortizadoras, que presentaban como remedio, al expulsar a los religiosos de sus casas e incautarse de sus bienes, provocaron un caos en la beneficencia, ya que los hospitales, orfelinatos y centros de acogida, en su mayoría, eran de la Iglesia o estaban regidos por religiosos. Entonces, los pobres que en ellos estaban acogidos, se vieron obligados a deambulaban por las calles implorando la caridad.

Como respuesta a esta deplorable situación, una fuerte reacción religiosa se produjo en el seno de la Iglesia española y, a lo largo del siglo XIX, nacen en nuestra patria mas de ochenta congregaciones religiosas dedicadas a socorrer las necesidades espirituales y materiales de los más pobres, entre ellas la Congregación de Hermanas Mercedarias de la Caridad, fundada, en 1878, por el Beato P. Juan Nepomuceno Zegrí Moreno.

Cazorla tenía su hospital con el título del “Corpus Christi”, situado en la calle que hoy conocemos como “Hospital y Nubla”. Este hospital, ya en el siglo XVII, era una institución floreciente, con un edificio notable para su tiempo, que constaba de iglesia y casa con treinta y siete piezas o salas. Estaba regido por la congregación de Hermanos Hospitalarios del Divino Pastor, y suficientemente dotado para cumplir sus fines. En él se acogían enfermos de todo tipo, generalmente incurables, ancianos desvalidos y transeúntes; tenía una sección para niños expósitos y, diariamente se daba comida a los menesterosos que acudían a la llamada “cocina de los pobres”. En 1835, las leyes desamortizadoras acabaron con esta institución nuestra, expulsaron a los religiosos hospitalarios y se incautaron del hospital y de todas sus posesiones. Unos años después, en 1855, por real decreto se ordena vender todos los bienes pertenecientes a la iglesia, órdenes religiosas y obras pías. La medida alcanza a las propiedades de nuestro hospital, que se venden a particulares y su importe pasa a engrosar los fondos de la Beneficencia local. Un escribano de Cazorla, D. Simón Laínez, compró el edificio del hospital, del que hizo su residencia; por lo que la placeta delantera vino a llamarse “Placeta de D. Simón”, nombre que aún perdura.

Así las cosas, se produce un tiempo de dejación asistencial, al que el Gobierno reacciona organizando las Juntas Comarcales de Beneficencia, se acumulan a los de Cazorla los fondos del hospital de San Antón de La Iruela y se establece el “Hospital Comarcal” en el antiguo convento de PP. Carmelitas Descalzos, encargando de su dirección y funcionamiento a seglares, que, naturalmente, no tienen la preparación necesaria y la puesta en marcha del hospital es un fracaso, máxime cuando, en la década de 1850, se producen diversos brotes de cólera, que superan todas las previsiones; sin embargo, nuestros ediles, una vez pasados los momentos difíciles, continúan sin solucionar el problema, y pasaran treinta años, hasta que, en 1885, una tremenda epidemia de cólera recorre España entera asolando la población. En Cazorla se llegó a pensar que se podría escapar de tan grave pandemia, respirando los aires puros de nuestra sierra, incluso muchos forasteros vinieron a refugiarse en ella, pero todo fue inútil, también en nuestro pueblo los muertos se contaron por centenares y, ante el temor al contagio y la imposibilidad de celebrar exequias, se colocaban los cadáveres en los portales de las casas y un carro tirado por mulas, dispuesto por el ayuntamiento, los llevaba, hacinados, directamente al cementerio. A partir de entonces, se pensó seriamente en proveer a nuestro hospital de personal adecuado.
El día 11 de julio de 1884, el P. Zegrí Moreno instituía en Villacarrillo una casa de su Congregación. En muy pocos meses se extendería por todo el Santo Reino de Jaén, y transcendería sus fronteras, el alto ejemplo de caridad de aquellas primeras hermanas mercedarias, que vivían el carisma de su Congregación en grado heroico. La ocasión la proporcionó el llamado “cólera morbo asiático”, al que ya hemos aludido, la magnitud de la epidemia en Villacarrillo desbordó todas las posibilidades. Las hermanas mercedarias se multiplicaban atendiendo, no solo el hospital, sino también un lazareto que fue necesario abrir, y acudiendo a donde se les reclamaba. La superiora, M. Bernarda Sagastibelza, joven de veinticinco años, con otra hermana, entró a una casa donde había catorce enfermos apestados, que pedían auxilio, sin que nadie los atendiera; se quedó a cuidarlos con la mayor solicitud, hasta donde pudo, pues contrajo la enfermedad y murió. La hermana que le acompañaba también se contagió y se le administraron los últimos sacramentos, pero al fin puso salvar su vida.

Ejemplos como estos fueron la mejor carta de recomendación. Pero además en nuestro pueblo se daba la especial circunstancia de que una joven aristócrata, D.ª Encarnación Martínez Ortega, hija de D. Nicolás Martínez Colodro y de D.ª Cristina Ortega, y prima hermana de D.ª Lola, la fundadora de esta casa, se educó en el Colegio de Niñas Nobles de Granada y tuvo ocasión de conocer al P. Zegrí. Cuando nuestros ediles se convencieron de la necesidad de traer religiosas para hospital, D. Nicolás, era secretario del Ayuntamiento y le tocó redactar la solicitud y demás trámites pertinentes para la venida de las HH. Mercedarias a nuestro pueblo.

El 28 de febrero de 1888, se firmó el contrato entre el P. Fundador y las autoridades locales, por él, la Congregación de hacía cargo del hospital y de la aneja casa de expósitos, el ayuntamiento, por su parte, se comprometía a dar una asignación anual de 4.500 pts. para el funcionamiento de las expresadas instituciones y el sustento de las hermanas, cantidad que, a todas luces, resultó insuficiente, por lo que las hermanas se veían obligadas a pedir limosna, en el pueblo y en el campo, durante las cosechas de cereales y aceite.

Vino a Cazorla el Beato P. Zegrí, acompañando a las primeras hermanas, pero como había que adaptar el antiguo convento de carmelitas a su nuevo destino y las obras no habían terminado, la comunidad tuvo que alojarse, durante algún tiempo, en casa del secretario del Ayuntamiento, D. Nicolás Martinez Colodro, que vivía con su hija, Srta. Encarnación Martínez Ortega, a la que ya hemos aludido. El 15 de octubre, festividad de Santa Teresa, las hermanas pudieron trasladarse definitivamente al nuevo hospital. En la misa del día siguiente, Sor Juliana Viguiristi Osés, Sor Casimira Vecino Gracia, renovaron sus votos por tres años.

Pronto, las hermanas se granjearon el cariño y respeto de los cazorleños así lo expresa D. Francisco Tíscar y Martínez, arcipreste y cura párroco de Cazorla, en un amplio informe que envía al Arzobispo de Toledo, el 25 de febrero de 1889, en él dice “que las hermanas edifican a los fieles... y el resultado obtenido en esta casa, desde su instalación hasta el día, es incalculable, puesto que antes los enfermos querían mejor morir en sus casas, careciendo de lo más preciso, y ahora hay una especie de competencia para entrar en este santo hospital, y es tal el cuidado y solicitud de las hermanas que, desde primeros de julio de 1888, han estado a su cuidado 97 enfermos y han salido curados 91, y tanto la iglesia como el hospital han sido notablemente mejorados”.

Por su parte el cardenal Payá y Rico, Arzobispo de Toledo, en carta que escribe al Santo Padre le habla de la estima en que tienen los cazorleños a las religiosas, y dice de ellas que “como verdaderas madres asisten y cuidan a los enfermos y niños del hospital y centro de expósitos de la villa de Cazorla”.

En 1922, la precariedad de recursos creó un grave crisis, de modo que nuestro hospital estuvo a punto de cerrarse, la hermanas encomendaron el problema a sus dos padres: al que tenían en el cielo, P. Zegrí, y al de la tierra, D. Ramón Rojo Diaz de Cervantes, nuestro párroco martir, que organizó una suscripción popular, impidiendo así que se cerrara la casa. Sin embargo el problema económico fue endémico en el hospital de Cazorla, pues las diversas corporaciones ni renovaban las subvenciones, ni las hacían efectivas a su tiempo. Nuestro ilustre paisano D. José Salcedo Cano, que durante muchos años fue director del hospital, se hace eco de este problema y nos dice “desde la fecha en que la Congregación de Ntra. Sra. de las Mercedes se hizo cargo de este hospital, han sido varias las superioras que han estado al frente de su administración. Todas han tenido que hacer verdaderos prodigios de habilidad y economía para salir airosas de su dificil misión. Porque fijada la subvención que el Ayuntamiento entregaba a las hermanas, con arreglo al índice de precios que entonces regía, vino a ser insuficiente al poco tiempo...”.

Durante la guerra civil española, las religiosas, aunque, inevitablemente, hubieron de sufrir determinadas molestias, permanecieron en su puesto del hospital, como siempre, atendiendo a los más pobres, sin que nadie se atreviera a ponerles la mano encima, tal era el prestigio que tenían, únicamente hubieron de cambiar el hábito por el uniforme de la Cruz Roja.

Acabada la contienda nacional, en los llamados “años del hambre”, faltan palabras para encomiar la labor realizada por las hermanas mercedarias en favor de los más necesitados, en el hospital y en el ambulatorio, que funcionaba día y noche, al frente del cual, desde febrero de 1941, estuvo Sor Presentación Gaztambide, aquella fuerte y santa religiosa, que, desafiando el peligro que ello suponía, consiguió la única reliquia genuina que posee la Congregación del cuerpo de su fundador.

Me gustaría disponer de tiempo para hablar del colegio en el que iniciaron su formación tantos niños y niñas, que hoy tienen carreras brillantes o desempeñan cargos públicos. Y las clases de música de Sor Josefina, que darían luego origen al actual Conservatorio de Cazorla.

Y recordadas todas estas cosas, es obligado tratar de la efeméride que nos reúne en esta mañana: el cincuentenario de la Fundación “Marín García”. Creo que todos conocemos como se gestó esta obra, medio siglo no es tiempo suficiente para que se borre la memoria de los acontecimientos y menos cuando muchos de los que estamos aquí hemos conocido a D.ª Lola, la fundadora. Se debe esta casa a la generosidad de un matrimonio prócer de nuestro pueblo, el abogado D. Miguel Marín Bautista, y su esposa D.ª Dolores García Ortega, nacidos en Cazorla, en los años 1860 y 1866 respectivamente, uno y otra ricos herederos. Contrajeron matrimonio, el 23 de mayo de 1908, mañana hace 102 años, y al no tener descendencia ambos esposos, de común acuerdo, determinaron construir un asilo para ancianos pobres en su pueblo natal y legar para su sostenimiento la mayor parte de su cuantiosa fortuna. El matrimonio viajó mucho por Europa, estuvieron siete veces en París y en una de sus visitas a Roma fueron recibidos en audiencia privada por S. S. el papa Pío X. Fallecido el esposo en 1929, D.ª Lola, llevó una vida retirada, dedicada a las buenas obras. En la postguerra (1939) y, a lo largo de toda la década de los cuarenta, fue el paño de lágrimas de innumerables familias necesitadas, de modo que sus limosnas se hicieron proverbiales en el pueblo. Asimismo, colaboró espléndidamente en la reconstrucción y ornato de las iglesias destrozadas durante la contienda civil española, siendo digna de mención especial la magnífica custodia que se utiliza en la procesión del Corpus, ofrendada al Santísimo Cristo del Consuelo, en memoria de su difunto marido, obra de orfebres cordobeses, en la que mandó engastar algunas de sus joyas personales.

El día 1 de febrero de 1949, la señora viuda de D. Miguel Marín Bautista, aconsejada por el venerable sacerdote cazorleño, D. Andrés Molina de la Torre, constituía mediante escritura pública la “Fundación Marín García”, sobre diversos bienes raices, entre los que figuraba el histórico castillo cazorleño de la Yedra o de las “Cuatro esquinas”; dicha fundación estaba ordenada a la construcción de un asilo para ancianos pobres en la ciudad de Cazorla, encomendando su realización y el cumplimiento de sus fines a la Congregación de Hermanas Mercedarias de la Caridad, quienes desde ese momento se hicieron cargo del cuidado de la anciana fundadora, estableciendo una pequeña comunidad en su propio domicilio, formada por la Rvda. M. Dolores Argente del Castillo, como superiora, y dos hermanas. En una de las estancias de la espaciosa casa solariega de los García-Ortega se instaló un comedor al que acudían diariamente los ancianos más necesitados del pueblo, encargándose ellos mismos de llevar la comida a los impedidos. Fue así como comenzó a funcionar la institución, hasta que construido el edificio proyectado, los ancianos pudieron ser internos.

Muerta D.ª Lola, el 12 de enero de 1954, se procedió a la demolición de la casa de su residencia. La Madre Dolores Argente encomendó el proyecto de la obra y su edificación al arquitecto, D. Francisco López Ribera, quien, sobre una superficie de 4.760 metros cuadrados, dedicó 1.330 a la fábrica del edificio y el resto a huerta y jardines. El presupuesto de las obras ascendía a tres millones de pesetas y el capital relicto para la fundación se calculaba en unos diez millones. El 5 de mayo de 1957, el entonces obispo de Jaén Dr. Romero Mengibar bendijo la primera piedra del nuevo asilo. Tres años después, el 22 de mayo de 1960, el Prelado diocesano, en presencia de la superiora general de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, M. Socorro Rodríguez, y con asistencia de las autoridades locales y del pueblo en general, inauguró la Residencia “Marín García”, que durante años ha constituido el único centro de acogida de ancianos de la extensa comarca cazorleña. Aquí continúan las Hermanas Mercedarias de la Caridad su labor benéfica y callada, viviendo su carisma y cumpliendo el mandamiento del Señor.

Este es el motivo de nuestra celebración, rendir homenaje agradecido a la memoria de D. Miguel Marín Bautista y de D.ª Dolores García Ortega, fundadores de esta casa, pero también de aquellas personas que con su consejo y su trabajo colaboraron de manera directa e hicieron realidad esta hermosa empresa. Por tanto, nuestro reconocimiento a aquel venerable sacerdote paisano nuestro, D. Andrés Molina de la Torre, confesor y consejero de D.ª Lola; a la M. Dolores Argente del Castillo, tan querida y de tanto ascendiente en nuestro pueblo por tantos motivos, que con su tesón sacó adelante esta gran obra; al entonces alcalde de Cazorla, D. José Lorente Ruiz, que con tanta ilusión acaricio la idea de esta fundación y allanó caminos para que pronto fuera una realidad, al arquitecto, D. Francisco López Rivera, que con tanto acierto supo adaptar el edificio a los diversos niveles del terreno. Y, en fin a todos los que de alguna manera colaboraron en la construcción de esta santa casa, en la que tantos hermanos nuestros han pasado sus últimos días, como en antesala del cielo, y donde, si Dios quiere, los acabaremos otros muchos de los que nos encontramos hoy aquí reunidos.

Mi felicitación y agradecimiento a todas las hermanas que han pasado por esta casa, en especial a Sor María del Rey, actual directora, que con tanta ilusión ha preparado este cincuentenario, a la Comunidad de Hermanas y a la extraordinaria plantilla de hombres y mujeres que, día a día, hacen posible la buena marcha de la casa y tanto amor ponen en el servicio a los mayores.